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Juan Pablo II: el recuerdo de una elección, una mirada en Puebla y una huella imborrable

Por: Alejandro Muñoz Mata

Era lunes 16 de octubre de 1978. Regresaba a casa después de entrenar béisbol. Era casi mediodía y encontré a mi familia frente al televisor, siguiendo con gran atención un acontecimiento que seguramente millones de personas en el mundo también esperaban: desde Roma se anunciaría la elección de un nuevo papa.

En el Vaticano se abrían las puertas del balcón de las bendiciones de la Basílica de San Pedro. El cardenal Pericle Felici, entonces cardenal protodiácono, pronunció las palabras que pasarían a la historia:

«Annuntio vobis gaudium magnum: Habemus Papam!»

«Les anuncio una gran alegría: ¡Tenemos papa!».

A continuación, anunció el nombre del elegido y el nombre pontificio que había escogido:

«Eminentissimum ac reverendissimum Dominum, Dominum Carolum, Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Wojtyła, qui sibi nomen imposuit Ioannem Paulum II».

El eminentísimo y reverendísimo señor Karol Wojtyła, cardenal de la Santa Iglesia Romana, quien ha elegido para sí el nombre de Juan Pablo II.

La noticia fue una sorpresa. El nuevo pontífice era polaco y se convertía en el primer papa no italiano en más de cuatro siglos. Yo tenía entonces 16 años y, aunque no comprendía todavía la trascendencia histórica de aquel acontecimiento, recuerdo la emoción de ese momento.

Un año después, Puebla sería testigo de uno de los recuerdos más entrañables de mi vida.

¿Cómo olvidar aquel domingo 28 de enero de 1979? Me encontraba haciendo valla sobre la calle 16 Oriente, a la altura de la 24 Sur, esperando el paso del papa Juan Pablo II. De pronto apareció en el papamóvil, saludando a la multitud con aquella sonrisa carismática que tantos recordamos. Llevaba un sombrero rojo de ala ancha y una capa del mismo color. Pasó a unos dos metros de donde yo estaba.

Tal vez fue mi imaginación, o quizá ocurrió así, pero por un instante sentí que me miró. Fue suficiente para que rompiera el orden de la valla y saliera corriendo detrás de la caravana. El papamóvil avanzaba más rápido de lo que mis piernas podían seguirlo.

Sin embargo, no me di por vencido. Finalmente llegué al Seminario Palafoxiano, donde el papa participaría en la inauguración de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, conocida como la Conferencia de Puebla.

La entrada estaba cerrada. La multitud era inmensa y parecía imposible acceder. Pero la ilusión de estar cerca del pontífice pudo más: junto con otros jóvenes, nos brincamos una barda y logramos entrar a los campos de fútbol del seminario para estar presentes en la celebración eucarística.

Aquel encuentro me cautivó. La cercanía, su sonrisa y la impresión que me dejó su presencia permanecen conmigo hasta hoy. Para mí, Juan Pablo II fue, sin duda, el papa de los jóvenes.

El 13 de mayo de 1981, la preocupación volvió a reunirnos frente a los medios de comunicación.

Yo trabajaba entonces en un banco en el centro de la ciudad y, alrededor de las tres de la tarde, escuché por la radio la noticia: el papa había sufrido un atentado en la plaza de San Pedro.

El mundo quedó conmocionado. Juan Pablo II sobrevivió a las heridas y, tiempo después, protagonizó uno de los gestos más recordados de su vida: visitó en prisión a Mehmet Ali Ağca, el hombre que le había disparado, y le expresó su perdón.

Hay mucho que contar de aquel papa. Fueron casi 27 años de pontificado, innumerables viajes apostólicos, encuentros con jóvenes y mensajes que marcaron a varias generaciones. También fuimos testigos de su prolongada enfermedad y de su voluntad de continuar ejerciendo su ministerio hasta los últimos días de su vida.

El 2 de abril de 2005, Juan Pablo II falleció en el Vaticano. Nueve años después, el 27 de abril de 2014, el papa Francisco lo canonizó junto con san Juan XXIII, otro pontífice fundamental para la historia contemporánea de la Iglesia católica.

Hoy, Juan Pablo II está en los altares. Para millones de católicos es san Juan Pablo II; para quienes tuvimos la oportunidad de verlo de cerca, también permanece en la memoria como aquel hombre de sonrisa franca que pasó frente a nosotros en las calles de Puebla.

Yo sigo recordando aquel lunes de octubre de 1978, cuando regresé de entrenar béisbol y encontré a mi familia frente al televisor. No imaginaba entonces que, apenas un año después, correría detrás de su papamóvil por las calles de mi ciudad ni que aquella experiencia dejaría una huella tan profunda en mi vida. Y hoy, al escribir estas líneas, vuelvo a recordarlo con la misma emoción.

¿Recuerdas dónde estabas cuando se anunció la elección de Juan Pablo II? ¿Tuviste la oportunidad de verlo durante su visita a Puebla en 1979? Me gustaría conocer tu recuerdo.

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