
Por Alejandro Muñoz Mata
Sabemos mucho sobre el ser humano. Hemos desarrollado la ciencia, transformado la tecnología, construido ciudades, creado obras de arte y enviado máquinas al espacio. Si somos capaces de crear sistemas cada vez más sofisticados, ¿somos igualmente capaces de reconocer el valor de cada persona, especialmente cuando es vulnerable, enferma, anciana o ya no puede producir?
Y, sin embargo, una de las preguntas más importantes sigue abierta: ¿qué significa ser humano?
Esa fue la pregunta que el papa León XIV llevó a la sede de la UNESCO, en París, y que articuló todo su discurso ante la Conferencia General este 25 de septiembre de 2026. El texto parte de una idea central: la educación, la ciencia y la cultura solo tienen sentido si promueven la vida del hombre y de la mujer, que son sus protagonistas.
El Pontífice recordó que la UNESCO nació con el objetivo de contribuir a la paz estrechando la colaboración entre las naciones mediante la educación, la ciencia y la cultura. En ese marco, planteó que la paz no se sostiene únicamente con tratados. «La paz es auténtica cuando brota de la virtud de la justicia y no de un simple contrato, de una voluntad recta más que de un equilibrio inestable de intereses».
También mencionó que en 2027 se cumplirán 75 años de la presencia de la Santa Sede en la UNESCO, una presencia que, dijo, surge de la convicción de que el futuro depende del respeto y la promoción de la dignidad inalienable de cada ser humano.
La pregunta por el ser humano
León XIV propuso a la asamblea una cuestión que consideró urgente: ¿qué significa ser humano?
En su reflexión, describió a la persona humana desde distintos rasgos que ayudan a comprender nuestra condición.
En primer lugar, como alguien que es concebido y nacido; es decir, como hijo. «Ninguno de nosotros eligió serlo. Nadie decidió de quién, cuándo o dónde nacer», dijo. De ahí se sigue, añadió, que todos somos hermanos y hermanas. «Nuestra humanidad es un don y una prueba, una promesa y una responsabilidad».
En segundo lugar, como alguien que nace desnudo y necesitado. «Somos pobres por nacimiento: necesitados de pan y de palabras, de cuidados y de afecto». Advirtió que, al volverse adultos, se corre el riesgo de olvidar esa condición, y que quienes están necesitados son los que sufren las mayores consecuencias de ese olvido.
«Olvidar las circunstancias de nuestro nacimiento oscurece la idea misma de la vida humana […] Entonces, esta vida ya no se entiende como un don, sino como un producto».
Finalmente, León XIV invita a reconocer al ser humano como alguien que crece, aprende y trabaja con las manos y con la mente. En ese punto, sostuvo que la libertad es hermosa cuando se orienta hacia el bien y la verdad.
Pero esa misma capacidad humana puede utilizarse para destruir. De ahí su referencia a la guerra, quizá la expresión más dolorosa de una inteligencia puesta al servicio de la destrucción y de la muerte.
Educación, tecnología y sentido
El Pontífice se refirió también al ámbito educativo. Recordó que la Iglesia católica abrió escuelas y universidades desde hace siglos, incluso en los lugares más pobres y remotos, y que su predecesor Francisco integró esa experiencia en el Pacto educativo global.
Sin embargo, señaló que de ese legado no desea transmitir ante todo las obras, sino la convicción que las origina.
«Ninguna educación está completa si no aborda la cuestión del sentido», afirmó. Y añadió, citando a san Juan Pablo II: «Educar es ayudar al hombre a ‘ser’ más y no solo a ‘tener’ más».
Esta afirmación adquiere particular relevancia en una época en la que la educación puede quedar reducida a la adquisición de conocimientos y competencias. Preguntarnos para qué aprendemos y qué tipo de persona queremos llegar a ser también forma parte de la educación.
Por ello, León XIV expresó que quienes se dedican a la educación, la ciencia y la cultura están llamados, con mayor razón, a cuidar de cada persona, para que resplandezca la belleza de nuestra libertad. Esa belleza tiene un nombre: justicia.
Sobre la tecnología, advirtió que los esfuerzos en ese campo deben garantizar que las nuevas herramientas sigan al servicio de la persona humana y no se conviertan en un instrumento de dominación e injusticia.
Observó una paradoja de nuestro tiempo:
«mientras se atribuye ‘inteligencia’ a los sistemas computacionales, cuesta reconocer la dignidad inalienable de las personas, cuyas vidas se juzgan según el criterio de la eficiencia y, cuando se considera que ya no son productivas, son rechazadas y descartadas».
El Pontífice también expresó: «El ser humano es, sin duda, aquel que nace, pero también aquel que muere. Nuestra dignidad no se ve destruida por la enfermedad ni por el sufrimiento, ni depende de nuestras capacidades». Y agregó que esa dignidad exige un cuidado amoroso en cada etapa de la vida.
Babel y Pentecostés
El papa León XIV recurrió a dos imágenes bíblicas para hablar de la unidad de la familia humana: la Torre de Babel y la plaza pública de Pentecostés.
Babel representa, señaló, una unidad impuesta mediante la dominación. Cuanto más busca el poder la opresión, más termina debilitándose a sí mismo. El resultado de esa soberbia es la dispersión y la confusión de las lenguas.
Y precisó que, puesto que la unidad que imponía era forzada, también la diversidad que siguió a su derrumbe se convirtió en fuente de conflicto.
Frente a esa imagen, propuso Pentecostés como camino: «No es la dominación de Babel, sino la paz de Pentecostés, la que hace posible esta comunión entre todos los pueblos».
Esa unidad, precisó, no anula las diferencias, sino que valora la historia personal de cada uno y la cultura social y religiosa de cada pueblo.
Esta imagen resulta sugerente en un mundo en el que con frecuencia se busca construir la unidad imponiendo una sola manera de pensar. Pentecostés ofrece otra posibilidad: una comunidad capaz de reconocer al otro sin exigirle que deje de ser quien es.
Una pregunta que sigue abierta
El Pontífice cerró su discurso con un llamado a cultivar la esperanza, dirigido de manera especial a los jóvenes.
«Cada niño que nace trae consigo esperanza. Cada hombre y cada mujer que dedica su vida a la búsqueda de la verdad realiza un acto de esperanza».
Quizá ahí encontremos una de las claves de la pregunta con la que comenzó su intervención:
¿Qué significa ser humano?
No es una pregunta exclusiva de la religión o de la filosofía. Es una pregunta que alcanza a la educación, la ciencia, la tecnología, la cultura y la manera en que construimos nuestra convivencia.
Seamos creyentes o no creyentes, católicos o no católicos, el mensaje de León XIV puede leerse como una invitación a volver la mirada hacia la persona y recordar que ningún avance científico, tecnológico o cultural debería hacernos olvidar aquello que le da sentido: el ser humano y su dignidad.
Tal vez por eso esta pregunta, que ha acompañado al ser humano desde los primeros pensadores, sigue siendo tan actual y vigente. Antes de preguntarnos hasta dónde podemos llegar con la ciencia y la tecnología, necesitamos preguntarnos qué clase de humanidad queremos construir con ellas.
Y quizá cada respuesta que demos a esa pregunta sea, también, una forma de decidir qué futuro queremos dejar a las nuevas generaciones.
Fuente: Santa Sede, Discurso del papa León XIV en la sede de la UNESCO, París, 25 de septiembre de 2026.







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